Bonabal, ruinas sagradas

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Hay algo decididamente sobrenatural en las ruinas históricas que las hacen parecer, en algunos casos, una especie de faro, metafóricamente hablando, que atrae irremisible cuando no melancólicamente, la atención hacia ese aspecto de contemplativa metafísica, donde la sensibilidad constituye una puerta abierta a la imaginación.
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No es de extrañar, por tanto, que arquitectos del genio del catalán Antonio Gaudí, encontraran en ellas o por defecto, en algunas de ellas, la inspiración suficiente para aunar la grandeza de la arquitectura del pasado, con la fantasía de la arquitectura del futuro.
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Lugares, como este recuerdo de lo que en tiempos fuera un espléndido monasterio de la Orden del Císter enclavado en el corazón de Castilla la Nueva, no les quepa ninguna duda, es uno de ellos.
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Aun considerándome una persona deductiva y marginal, poco aficionada a escarbar en las líneas generales de la Historia, haré un pequeño inciso, con la única intención de ponerles en antecedentes, haciendo –y para ello hago un llamamiento a su imaginación- que intenten retroceder diez siglos en el tiempo y se sitúen en aquél lejano año de 1164, cuando el rey Alfonso VIII cedió este magnífico valle en el que se asienta, a esa escisión benedictina que fueron los monjes del Císter.
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Se añade, además –y espero no cansarles con esta introducción histórica- que los primeros monjes que se asentaron a un kilómetro, aproximadamente, de lo que hoy en día conforma el término municipal de un bonito pueblo serrano, de nombre Retiendas, procedían del monasterio vallisoletano de Santa María de Vallbuena.
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Si se fijan, verán, en el fondo, cierta correspondencia entre los nombres de Bonabal y Vallbuena, pues convenientemente desglosados, hacen referencia a la especiales características de los lugares donde se asientan; es decir, a la providencia de recursos y las gentilezas de un lugar, que vendrían a demostrar, después de todo, que los monasterios no se levantaban sino sobre lugares que habrían de ofrecer algo más que unos recursos dignos para la supervivencia.
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No hay carreteras asfaltadas, que lleven al curioso, al viajero, al peregrino o incluso al aventurero, hasta la desangelada entrada del viejo monasterio, pero sí agradables caminos comarcales, duros de transitar en invierno, cuando las fuertes nevadas se abaten con toda su furia sobre la sierra en la que se asienta, pero floridos en primavera y con la suficiente frondosidad, como para procurar sombra y frescor en las pesadas caminatas de los veranos.
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Quizás ahora no se lo parezca, pero en los orígenes de estas maravillosas ruinas, está también la historia de un pueblo: un pueblo que comenzó a recobrar su antiguo derecho a vivir sobre su propio país, arrebatándoselo al invasor agareno que siglos antes se lo había arrebatado a aquellas dinastías de reyes visigodos, cuyas intrigas cortesanas habían hecho sucumbir a todo un imperio.
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Con el permiso de habitabilidad de estos terrenos, el rey Alfonso VIII no sólo se aseguraba dejar atrás a unos monjes que a diferencia de los nobles, nunca se rebelarían contra él, sino que además se aseguraba la adecuada instalación de colonos, cuya permanencia aseguraría la consolidación de unos reinos, en cuyo destino comenzaba a entretejerse la palabra clave: Castilla.
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El monasterio de Bonabal, como otros muchos monasterios, bien benedictinos bien cistercienses, gozó también de numerosos privilegios y riquezas, los cuales fueron llevados por los furiosos vientos de la Historia, que comenzaron a soplar con una fuerza inaudita a partir de 1821, con el denominado trienio liberal.
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Como suele ocurrir con toda desamortización, este histórico y artístico lugar, fue vendido a manos particulares, cuya dejadez e ignorancia, terminaron por llevar a cabo el trabajo de destrucción de lo que podríamos calificar como uno de los más puros y sensibles ejemplos de arte cisterciense de toda la Península Ibérica.
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O lo que es lo mismo: echaron por tierra una magnífica conjunción de austeridad, sensibilidad, geometría y elegancia que hubieran hecho de él uno de los monasterios más admirados de cuantos se elevaron en esta antigua y poco conocida comunidad de Castilla La Mancha, que es Guadalajara.
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Lo crean o no, merece la pena darse un paseo por estas venerables ruinas, sentir la belleza inherente al lugar, dejarse llevar por la ensoñación e incluso, desafiando los peligros a un inconveniente tropezón o desmorone, poner los pies sobre la impresionante, magnífica escalera de caracol y acceder a cielo abierto, una vez desaparecida la torre, y sentirse, como alguna vez y en algún lugar parecido a éste, debió de sentirse el Maestro Gaudí, parte de un entramado vital donde adquirir ideas y conocimiento, susurradas al oído por una Musa inquieta, posiblemente llamada soledad.
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Y otro dato interesante a tener en cuenta: a este monasterio de Bonabal, venían los viejos monjes cistercienses a terminar sus días, antes de estar en disposición de volver al seno de la Madre Tierra.
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Como se ha dicho, apenas un kilómetro o quizás menos, separa estas históricas ruinas cistercienses, del pueblo de Retiendas, término municipal al que pertenecen.
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AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo acompañan, son de mi exclusiva propiedad intelectual.
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