Pueblos de España con encanto: Atienza

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Me gusta perderme por los pueblos de España, como Childe Harold –quién sabe, si en realidad el avatar o el egregor de Lord Byron, bajo mi humilde opinión- hacía por aquéllas tierras helénicas, de filosofías magistrales, hoy en día imperios olvidados, comidos por el polvo y la rapiña.
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Como aquéllos, también ésta vieja piel de toro –la misma Hesperia a donde Herakles acudió a robarnos las manzanas de oro y de paso, robar también los bueyes de Gerión- está llena, repleta más bien, diría yo, de glorias pasadas y de ‘filosofías populares’ y si bien en muchos casos, sus pueblos no alcanzan la grandeza de aquéllas inconmensurables polis donde Homero y Ulises jugaban al héroe y el cronista, tampoco desmerecen, ni siquiera aunque las modernas inmobiliarias ataquen sus medievales cimientos con el caballo de Troya del ladrillo, la aluminosis y el hormigón.
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Pero en Atienza, todavía quedan restos. Restos pluscuamperfectos de un pretérito que si no perfecto, al menos era vivaz de murallas para dentro; grillo y cigarra repartiéndose el barbecho y el laborío; de etnias multicolores, que aún retienen en sus estandartes, en la sangre de sus venas y en los charcos de su recuerdo, la grandeza venida a menos de las tres culturas del Libro.
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Atienza, a medio camino entre la ‘pastránica’ Guadalajara y la ‘alfonsina’ Soria, es uno de ellos. Tal vez no la arrulle el Duero en su melancólico camino, ni como la Soria pura, cabeza de la Extremadura castellana, no tenga, a la vera de su castillo roqueño, un Monte de las Ánimas que encendiera la viva pluma de un poeta de la talla de Gustavo Adolfo Bécquer.
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Pero gloriosa algarabía es su fiesta de la Caballada, colorido Risus Pascalis que se remonta a aquellos siglos neblinosos del siglo XII, en el que, una vez desalojada la plaza de la guarnición mora que la guardaba, alarifes musulmanes doblaron el espinazo para levantar la más antigua de sus iglesias, la de Santa María –en cuya laboriosa portada, parece que el tiempo hubiera lamido y relamido la piedra, hasta convertir sus ilustradas figuras en meros fantasmas- dejando constancia de sus orígenes en letra arábiga, que cualquiera puede admirar en su portada norte: aquélla, eternamente ensombrecida, que se deja voluntariamente seducir por ese espíritu impenitente y burlador, que es aquél viento que los antiguos llamaban Aquilón.
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Sus antaño poderosas iglesias, son hoy museos. Como museo que las horas del tiempo hienden con languidez, como diría el poeta Verlaine, son también los restos de sus murallas y unas calles en cuyas casas sobresale ese espíritu, que no burlón, pero sí familiar, que se llama Tradición.
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Qué placer, el del viajero, perderse en sus estrecheces; sentirse auxiliado en verano por la sombra bienhechora de sus balconadas; sentir que sus pisadas, son huellas en los adoquines de la Historia, pequeños golpes de nudillos en las inefables aldabas de la puerta de ese Castillo Peligroso, que se llama Tiempo.
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Atienza, recuerda también a sus Comuneros y no olvida la terrible derrota de Villalar. Y así mismo entona, con un susurro, perdidas para siempre las oriflamas que ondeaban en lo alto de la torre de su castillo roqueño, aquélla triste, triste estrofa que decía: ‘y desde entonces…Castilla no se volvió nunca a levantar’.
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AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo acompañan, son de mi exclusiva propiedad intelectual.
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